Teresa Victoria Fortín Franco, mejor conocida como Teresita Fortín, fue una de las primeras mujeres en destacar en la pintura hondureña. Nació el 17 de noviembre de 1885, hija de Miguel Fortín y Rita Franco. Fue una artista fundamentalmente autodidacta y, con el tiempo, la crítica internacional la ubicó como la representante más importante del arte naíf en Honduras.
Infancia y formación en el magisterio
Teresa quedó huérfana de madre siendo aún muy joven. Por esa razón, tuvo que hacerse cargo de sus hermanas y hermanos desde temprana edad. Además, el exilio de su padre a El Salvador, por motivos políticos, la convirtió en el pilar de su hogar. Pese a las dificultades, completó sus estudios primarios y se graduó en la carrera de magisterio. Así, entre 1920 y 1930, ejerció como maestra de primaria en los municipios de San Antonio de Oriente y Valle de Ángeles, cerca de Tegucigalpa.
Una enfermedad que despertó su vocación artística
Durante esos años como maestra, Teresa sufrió una grave enfermedad que la obligó a guardar reposo por largos periodos. Para distraerse, comenzó a dibujar objetos del natural. Poco después, hizo sus primeros cuadros al óleo y decidió dedicarse por completo a la pintura. De esta manera, lo que en un inicio pareció una desgracia terminó por convertirse en el inicio de su carrera artística.


Primera exposición y el respaldo de grandes maestros
El 31 de octubre de 1931, Teresa presentó su primera muestra en la Biblioteca Nacional, con el patrocinio del Ministerio de Educación. El evento contó con la asistencia de destacadas figuras de la intelectualidad hondureña, entre ellas Luis Andrés Zúniga, Visitación Padilla, Carlos Zúniga Figueroa y Rómulo E. Durón. Gracias al éxito de esa exposición, las autoridades educativas le facilitaron clases con el reconocido pintor Max Euceda. Asimismo, tuvo el privilegio de ser discípula de Pablo Zelaya Sierra, considerado el padre de la plástica hondureña, quien había llegado de España en 1932.
La restauración de la Catedral de Tegucigalpa
En 1942, Teresa participó junto al maestro italiano Alejandro del Vecchio en la restauración de «Los evangelistas», obra pintada por José Miguel Gómez en la cúpula de la Catedral de Tegucigalpa. Esta experiencia despertó en ella un profundo interés por el arte religioso, al que dedicó buena parte de su producción posterior. Entre sus obras más conocidas de este tipo están «Cabeza de Cristo» (1930) y «La Crucifixión» (1933).
Reconocimientos y una carrera consolidada
En 1934, Teresa fue nombrada maestra de la Academia Nacional de Dibujo Claroscuro al Natural, fundada por Carlos Zúñiga Figueroa. Más adelante, con la fundación de la Escuela Nacional de Bellas Artes, ingresó también como docente en esa institución. En 1948, ganó el Premio del Salón Anual del Instituto Hondureño de Cultura Interamericana. Su trayectoria también fue reconocida a nivel internacional: en 1978 fue invitada especial del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma para participar en la Quinta Muestra de Pintura Latinoamericana. Además, expuso su obra en Guatemala, España y Estados Unidos. Uno de sus cuadros, titulado «La última esperanza», llegó a emplearse como símbolo de concordia en la Organización de las Naciones Unidas.
Últimos años y legado
Teresa Fortín falleció en Tegucigalpa el 19 de enero de 1982, a los 96 años. Su legado permanece vigente en los corredores de la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde su vida y obra siguen siendo materia de estudio. Hoy, la Universidad Nacional Autónoma de Honduras conserva parte de su producción artística, entre ella «La inauguración de la Universidad» (1958), que puede admirarse en las salas del Paraninfo Universitario. Sin duda, Teresita Fortín abrió camino para las mujeres en un campo artístico dominado históricamente por hombres.
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