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The Matrix
| Registrado: 22 Nov 2007 |
| Mensajes: 12 |
| Ubicación: fort walton beach-Activada |
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Publicado: Sab May 23, 2009 2:49 pm |
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[color=bluMilpa Grande es una pequeña aldea ubicada en la vieja carretera del sur por el viejo camino de San Buenaventura, antes de llegar al cerro de Hula.
Hubo una época en que esa comunidad era alegre y bullanguera, había negocios, cantinas, ganadería y siembra de milpas por doquier.
Cuando comenzaron la pavimentación de la carretera principal varias aldeas quedaron fuera, y Milpa Grande, como otras comunidades cercanas, no tuvieron la misma comunicación de años anteriores. Poco a poco se fueron convirtiendo en pueblos fantasmas.
Con el paso de los años la mayor parte de los habitantes se trasladaron a vivir a Tegucigalpa y otros se fueron a vivir en chozas improvisadas a la orilla de la nueva vía de comunicación terrestre. Muchas casas quedaron abandonadas, algunas de ellas están semidestruidas por el paso del tiempo y se ven en sus puertas candados llenos de herrumbre; a través de las rendijas de esas casas se observan mesas llenas de polvo y fogones que aún conservan sus ollas de barro. Los caminos y atajos por los que antes circulaban campesinos arreando ganado están cubiertos de monte y pocas son las personas que residen en el lugar.
Hace 26 años vivía una pequeña familia en Milpa Grande, al borde de un barranco. El dueño de la casa tenía cuatro vacas y al fondo, en un terreno plano, había sembrado una milpa.
El matrimonio tenía dos hijos, una niña y un niño de seis y ocho años, respectivamente. A pesar de la soledad que se respiraba en el ambiente, todo parecía estar tranquilo hasta que una noche la niña despertó asustada y le habló a la mamá diciéndole que había alguien fuera de la casa. La madre indicó a sus hijos que guardaran silencio, luego sintieron como si un animal caminara alrededor de la casa, al principio creyeron que se trataba de un mapachín, después escucharon los cascos de un caballo.
La señora se encomendó a Dios y abrió la puerta pensando que aquel caballo era de algún vecino; al abrir la puerta no vio al animal, caminó por las demás casas y no encontró huellas del caballo. Regresó a su casa sintiendo miedo y cerró la puerta asegurándola bien; minutos más tarde el ruido de un animal rondando la casa se escuchó de nuevo y a la señora no le quedó otra alternativa que orar durante toda la noche hasta que llegó la madrugada. Estaba sola con sus hijos, pues su esposo andaba de viaje.
Un mes más tarde, cuando la señora y sus hijos dormían profundamente, su esposo escuchó que los cascos de un caballo golpeaban la puerta principal de la casa y se levantó alumbrándose con un foco de mano.
Abrió la puerta lentamente, caminó alrededor de la casa en busca del animal y no encontró nada, se quedó fuera una media hora, entró, cerró la puerta y en ese preciso instante volvió a escuchar el ruido producido por los cascos de un caballo. Entonces se dio cuenta de que ahí había algo malo, muy malo.
Lo más rápido que pudo vendió la propiedad trasladándose a vivir con su esposa y sus dos pequeños a otra aldea del departamento de Francisco Morazán, dejando atrás los fantasmas que durante muchas noches hicieron acto de presencia fuera de aquella humilde casa.
Pero las cosas no paran ahí. Había otro vecino de Milpa Grande que aseguraba que había visto una luz intensa en el fondo del cerro que se encendía y se apagaba, que avanzaba y retrocedía. En cierta ocasión, cuando dos familias regresaban de un rezo escucharon que alguien arreaba ganado y con sorpresa vieron que un jinete arreaba el ganado, pero las vacas no ponían las patas en la tierra, sino que parecían flotar. Aquellas humildes personas apresuraron el paso hasta llegar a sus casas, donde regaron agua bendita y pidieron a Dios que apartara aquel espanto para siempre.
Cuenta un señor de nombre Ramón que él tenía nueve vacas y un torete en un pequeño potrero aledaño a su casa de habitación. Una noche se levantó porque escuchó que los animales estaban austados, agarró su rifle creyendo que se trataba de algún coyote y cuando saltó de la casa para ver lo que sucedía, se enteró que en el corral no había ni un solo animal.
Regresó a la casa, agarró un foco de mano y cambió el rifle por una escopeta calibre 12 y fue en busca de su ganado. Caminó varios kilómetros en busca de las vacas y del torete y no encontró huellas de que hubieran pasado por los caminos, al final regresó cansado y muy triste porque supuestamente le habían robado sus vaquitas y su torete.
Cuenta don Ramón que su sorpresa fue inmensa cuando se levantó al día siguiente, eran las cinco de la mañana y vio que en el corral estaban pastando sus animales como si jamás se hubieran movido de ahí.
Nueve días después, en la madrugada escuchó que sus vacas se movían asustadas, esta vez se levantó con la escopeta en mano; la luna
estaba alumbrando y todo se miraba claro. Don Ramón se llevó otra sorpresa, ya no eran las nueve vacas y el torete en aquel corral, había más de 30 vacas. No encontró ninguna explicación y temeroso regresó a la casa.
Al siguiente día, cuando se levantó fue a ver al corral, ahí sólo estaban sus vacas y el torete: “Antes de volverme loco -dijo Don Ramón- también vendí mi propiedad y salí de ese lugar donde los fantasmas y las cosas más extrañas estaban sucediendo”.
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