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El taxista de El Progreso
The Oracle

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San Pedro Sula , Honduras

Un taxista, al que llamaremos Raúl, recorría la ciudad de El Progreso en busca de pasajeros. Por su amabilidad y buen humor la gente lo buscaba, sus clientes se sentían satisfechos por el espíritu de servicio del joven motorista.

-Buenos días Raúl.

-Buenos días Doña Elena, pase adelante. ¿A dónde la llevo?

-Voy a casa de mi hermana Toña, ya conoces la dirección.

-Así es, ¿quiere que la espere?

-No, voy a estar con ella hasta mañana. ¿Cómo van las cosas, Raúl?

-La semana pasada a todos nos pegó ese virus que anda dando que ataca la garganta.

-Así estuve yo, me duró tres días.

-Lo mismo a nosotros, pero gracias al Señor estamos con salud de nuevo.

Había días buenos y malos para los taxistas, pero Raúl jamás perdía su buen humor. Días después de haber llevado como pasajera a doña Elena volvió a encontrarla en el centro de la ciudad; después de saludarse, doña Elena sacó de su cartera un rosario con cuentas blancas y brillantes y dijo:

-Espero que este rosario lo cuide Raúl, usted es un buen hombre, muy servicial y eso todos los sabemos en El Progreso. Que la Virgen de Suyapa lo cuide.

Muy contento, el motorista recibió el inesperado regalo y dio las gracias a la señora.

-Ni le he preguntado para dónde va doña Elena.

-Voy para la iglesia, se van a celebrar varias misas a partir de hoy a las siete de la noche, así que te encargo que vengas por mi a las ocho y minutos. Voy temprano porque vamos a adornar la iglesia como debe ser.

-Tenga la plena seguridad de que estaré esperándola desde las ocho de la noche cuando terminen los oficios religiosos. Ah, y de nuevo, gracias por el rosario.

-No es nada muchacho, hasta las ocho.

El taxista, después de dejar a su amiga en la iglesia, siguió recorriendo la ciudad haciendo varias carreras. En una de las calles se encontró a un viejo amigo de nombre Antonio, se saludaron con cariño.

-Te veo bien Raúl, como que no te pasan los años.

-No creas Toño, a veces me siento cansado.

-Yo por eso dejé la taxiada, es muy sacrificada, uno llega cansado a la casa sin ganas de hablarle a nadie. Párate ahí donde doña Luisa y nos tomamos una cervecita bien helada.

-Te acepto un refresco, es que ya no tomo.

-Eso sí me gusta porque antes te ponías unas cucurucas salvajes ja,ja,ja,ja.

-Es verdad, un día casi me muero de tanto chupar y le prometí a mi Dios que si no me llevaba dejaría de echarme mis tragos y aquí me tenés.

Después de recorrer la ciudad con su amigo se despidieron antes de las ocho de la noche. Antonio había invitado la cena con mucha satisfacción por haberse encontrado nuevamente después de varios años sin verse. El taxi quedó estacionado frente a la iglesia a las ocho en punto de la noche, minutos después doña Elena y dos de sus amigas se subieron al vehículo.

"La misa estuvo muy linda -dijo doña Elena- me encantó el sermón.

Sus amigas también opinaron sobre el sermón y el gran fervor religioso de los progreseños. Una a una Raúl fue dejando a las señoras en sus casas, se despidió de doña Elena y continuó su recorrido en busca de pasajeros.

Aquella era una noche de suerte para el taxista, hizo muchas carreras y de repente se dio cuenta de que faltaban pocos minutos para las once de la noche. Pasó por la iglesia y vio que aún estaba abierta y se escuchaba murmullo de personas; por la puerta principal salió una mujer que le hizo señal de parada. Gentilmente Raúl abrió la puerta delantera y saludó a su pasajera, pero antes de subirse manifestó:

Disculpe señor, en este momento no ando dinero, dejé una buena limosna porque aproveché la misa para pagar una vieja promesa. Al llegar a mi casa le pagaré, pero si desconfía de mí, no me lleve.

El taxista sonrió y por toda respuesta le dijo: Pase adelante.

Durante el trayecto ella le explicó que vivía en una de las primeras colonias construidas en El Progreso. Al llegar a una pequeña colina ella señaló la tercera casa a la izquierda y le dijo: Dé la vuelta, espere frente a la puerta mientras salgo con el dinero. No tardaré mucho.

La mujer salió del taxi, se paró frente a su casa y tocó insistentemente la puerta hasta que alguien le abrió, mientras tanto Raúl comenzó a contar el dinero de las carreras realizadas durante el día. Pasaron 15 minutos, luego media hora y al final el taxista fue hasta la puerta de la casa y tocó varias veces. Una anciana salió a recibirlo y le dijo:

-Ya es muy tarde señor, ¿qué es lo que quiere?

-Bueno -dijo Raúl- es que traje a una pasajera en mi taxi, la vi entrar aquí, ella me dijo que la esperara porque me debe la carrera.

Explicó todos los detalles del encuentro con la mujer hasta el momento de dejarla en esa casa.

La anciana entró en la casa y regresó con la fotografía de la mujer: -Ella es -dijo el taxista, es la que me debe la carrera.

Con lágrimas en sus ojos la anciana le dijo que su hija tenía nueve meses de haber fallecido.

-Yo me quedé con sus dos hijos, sólo puedo pensar que regresó para pagar su promesa.

Aquel fue un tremendo impacto para Raúl, quien contó esta historia que es conocida en El Progreso desde hace muchos años. De casos como ese surgen varias preguntas: ¿Regresan los muertos a pagar sus promesas? ¿Por qué tienen que presentarse a otros seres humanos? No lo sabemos

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"La mayoría de la gente se avergüenza de la ropa raída y de los muebles destartalados, pero más debería ruborizarse de las ideas andrajosas y de las filosofías gastadas."
Albert Einstein
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Re: El taxista de El Progreso
Finding The One "Neo"

Registrado: 29 Abr 2006
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Ubicación: New Jersey,USA
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julio c.torres escribió:
San Pedro Sula , Honduras

Un taxista, al que llamaremos Raúl, recorría la ciudad de El Progreso en busca de pasajeros. Por su amabilidad y buen humor la gente lo buscaba, sus clientes se sentían satisfechos por el espíritu de servicio del joven motorista.

-Buenos días Raúl.

-Buenos días Doña Elena, pase adelante. ¿A dónde la llevo?

-Voy a casa de mi hermana Toña, ya conoces la dirección.

-Así es, ¿quiere que la espere?

-No, voy a estar con ella hasta mañana. ¿Cómo van las cosas, Raúl?

-La semana pasada a todos nos pegó ese virus que anda dando que ataca la garganta.

-Así estuve yo, me duró tres días.

-Lo mismo a nosotros, pero gracias al Señor estamos con salud de nuevo.

Había días buenos y malos para los taxistas, pero Raúl jamás perdía su buen humor. Días después de haber llevado como pasajera a doña Elena volvió a encontrarla en el centro de la ciudad; después de saludarse, doña Elena sacó de su cartera un rosario con cuentas blancas y brillantes y dijo:

-Espero que este rosario lo cuide Raúl, usted es un buen hombre, muy servicial y eso todos los sabemos en El Progreso. Que la Virgen de Suyapa lo cuide.

Muy contento, el motorista recibió el inesperado regalo y dio las gracias a la señora.

-Ni le he preguntado para dónde va doña Elena.

-Voy para la iglesia, se van a celebrar varias misas a partir de hoy a las siete de la noche, así que te encargo que vengas por mi a las ocho y minutos. Voy temprano porque vamos a adornar la iglesia como debe ser.

-Tenga la plena seguridad de que estaré esperándola desde las ocho de la noche cuando terminen los oficios religiosos. Ah, y de nuevo, gracias por el rosario.

-No es nada muchacho, hasta las ocho.

El taxista, después de dejar a su amiga en la iglesia, siguió recorriendo la ciudad haciendo varias carreras. En una de las calles se encontró a un viejo amigo de nombre Antonio, se saludaron con cariño.

-Te veo bien Raúl, como que no te pasan los años.

-No creas Toño, a veces me siento cansado.

-Yo por eso dejé la taxiada, es muy sacrificada, uno llega cansado a la casa sin ganas de hablarle a nadie. Párate ahí donde doña Luisa y nos tomamos una cervecita bien helada.

-Te acepto un refresco, es que ya no tomo.

-Eso sí me gusta porque antes te ponías unas cucurucas salvajes ja,ja,ja,ja.

-Es verdad, un día casi me muero de tanto chupar y le prometí a mi Dios que si no me llevaba dejaría de echarme mis tragos y aquí me tenés.

Después de recorrer la ciudad con su amigo se despidieron antes de las ocho de la noche. Antonio había invitado la cena con mucha satisfacción por haberse encontrado nuevamente después de varios años sin verse. El taxi quedó estacionado frente a la iglesia a las ocho en punto de la noche, minutos después doña Elena y dos de sus amigas se subieron al vehículo.

"La misa estuvo muy linda -dijo doña Elena- me encantó el sermón.

Sus amigas también opinaron sobre el sermón y el gran fervor religioso de los progreseños. Una a una Raúl fue dejando a las señoras en sus casas, se despidió de doña Elena y continuó su recorrido en busca de pasajeros.

Aquella era una noche de suerte para el taxista, hizo muchas carreras y de repente se dio cuenta de que faltaban pocos minutos para las once de la noche. Pasó por la iglesia y vio que aún estaba abierta y se escuchaba murmullo de personas; por la puerta principal salió una mujer que le hizo señal de parada. Gentilmente Raúl abrió la puerta delantera y saludó a su pasajera, pero antes de subirse manifestó:

Disculpe señor, en este momento no ando dinero, dejé una buena limosna porque aproveché la misa para pagar una vieja promesa. Al llegar a mi casa le pagaré, pero si desconfía de mí, no me lleve.

El taxista sonrió y por toda respuesta le dijo: Pase adelante.

Durante el trayecto ella le explicó que vivía en una de las primeras colonias construidas en El Progreso. Al llegar a una pequeña colina ella señaló la tercera casa a la izquierda y le dijo: Dé la vuelta, espere frente a la puerta mientras salgo con el dinero. No tardaré mucho.

La mujer salió del taxi, se paró frente a su casa y tocó insistentemente la puerta hasta que alguien le abrió, mientras tanto Raúl comenzó a contar el dinero de las carreras realizadas durante el día. Pasaron 15 minutos, luego media hora y al final el taxista fue hasta la puerta de la casa y tocó varias veces. Una anciana salió a recibirlo y le dijo:

-Ya es muy tarde señor, ¿qué es lo que quiere?

-Bueno -dijo Raúl- es que traje a una pasajera en mi taxi, la vi entrar aquí, ella me dijo que la esperara porque me debe la carrera.

Explicó todos los detalles del encuentro con la mujer hasta el momento de dejarla en esa casa.

La anciana entró en la casa y regresó con la fotografía de la mujer: -Ella es -dijo el taxista, es la que me debe la carrera.

Con lágrimas en sus ojos la anciana le dijo que su hija tenía nueve meses de haber fallecido.

-Yo me quedé con sus dos hijos, sólo puedo pensar que regresó para pagar su promesa.

Aquel fue un tremendo impacto para Raúl, quien contó esta historia que es conocida en El Progreso desde hace muchos años. De casos como ese surgen varias preguntas: ¿Regresan los muertos a pagar sus promesas? ¿Por qué tienen que presentarse a otros seres humanos? No lo sabemos
Shocked Si!
Ya q' formula la pregunta le dare la respuesta basada no en la tradicion o "folk-lore:
Cuando una persona muere...es como si nunca hubiese existido fisicamente y en cuanto alo espiritual Dios dice claramente"Que los muertos nada saben,Ya que todas sus actividades en el mundo cesaron.El Espiritu o alma no es mas q' la persona con alito de vida en sus nariz....y una vez q'Dios reclama su espiritu (aliento)este vuelve a Dios q' lo dio"
Todos los personajes de aparecidos No son mas q' demonios,impersonando a los departidos.
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El taxista de El Progreso

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