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The Oracle
| Registrado: 29 Jul 2006 |
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Publicado: Mar Nov 03, 2009 7:28 pm |
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San Pedro Sula, Honduras
Todas las noches, a la luz de una fugata, don Antonio se reunía con los muchachos del pueblo para contarles historias de aparecidos. Era un experto en la tradición oral, se sabía cuentos y leyendas, todos los misterios de aquella comunidad.
Le hablaba a los jóvenes sobre la historia del cadejo blanco que le salvó la vida cuando se perdió en un cerro un día que andaba buscando venados: “Es como un pequeño perro de color blanco, me encontraba perdido en ese cerro que ven ustedes enfrente del pueblo cuando es de día. Los demás cazadores se habían ido con los perros y a mí me dejaron en un puesto por donde iba a pasar el venado cuando los perros lo levantaran.
Pasaron las horas y me cansé de estar en aquel puesto, me dio por caminar cerro arriba y luego no encontraba el camino de regreso. Cuando estaba desesperado me apareció el pequeño perrito blanco, me imaginé que seguramente había una casa cerca y lo fui siguiendo. A veces el perrito me esperaba y movía la cabeza señalándome el camino, al cabo de caminar por mucho tiempo, sin darme cuenta había bajado del cerro y me encontraba en la carretera; después me reuní con mis amigos y les conté lo sucedido. Don Celeo comentó que a mí me había ayudado el cadejo blanco, dicen que el cadejo negro extravía a la gente y que crece de tamaño, causando el pánico entre las personas”.
Josué, un joven que era de Santa Ana y vivía en Ojojona, era de los que asistían a las reuniones nocturnas en las que don Antonio contaba sus historias. Aquella noche lo acompañaba su primo Dagoberto, ambos formaban parte de la rueda de muchachos que escuchaban con atención. “Aquí -dijo el viejo- pocos saben la historia de Danilo, un hombre incrédulo y muy malo con la mamá. No era borracho, no tenía ningún vicio, pero sí era egoísta, malcriado con la mamá, la hacía sufrir gritándole y diciéndole cosas horrendas.
Cuentan los viejos de aquellos tiempos que Danilo se consiguió una mujer de una aldea cercana a este pueblo y la llevó a vivir a su casa, pero en lugar de mejorar, las cosas empeoraban para doña Felipa, que así se llamaba aquella sufrida mujer.
Aquel hijo malvado le daba preferencia a la mujer y a la mamá la ponía a lavar la ropa de la extraña que había llegado a su casa. Una tarde, doña Felipa le dijo a la mujer de su hijo que le ayudara a arreglar la casa.
La mujer le ayudó de mala gana y cuando Danilo regresó del campo, ella le dijo que doña Felipa la había golpeado obligándola a ayudarle en los quehaceres del hogar.
El hombre montó en cólera y se fue a la cocina donde doña Felipa estaba moviendo el nixtamal. Sin decirle una sola palabra le pegó un puñetazo en el rostro, haciéndola rodar por el suelo: “Eso es por faltarle el respeto a mi mujer y por andarle pegando”.
Doña Felipa se levantó, tenía el labio reventado y ensangrentado. No dijo nada, se encerró en su cuarto y con un trapo húmedo se limpió la sangre del rostro. Días después la malvada mujer de Danilo le dijo a doña Felipa que se fuera de la casa, que ellos deseaban que se fuera lejos; acto seguido, agarró las pocas cosas de la señora y las tiró a la calle. Doña Felipa no dijo nada, agarró su ropa y sus pocas pertenencias y se fue.
Desde aquella fecha en que doña Felipa abandonó la casa, corrida y repudiada por su hijo y su nuera, las cosas comenzaron a salir mal. Danilo perdió sus cosechas con una invasión de zompopos nunca vista en el lugar; la mujer enfermó de gravedad, comenzaron a salirle granos purulentos en la piel y en la garganta hasta que finalmente murió. Fue entonces que Danilo dijo: “Es ella, sí, mi mamá nos está haciendo brujería, vieja maldita que se la ha tragado la tierra”. Desde aquel día comenzó a buscarla en los pueblos cercanos hasta que le informaron que vivía sola en una casa cerca del río.
El malvado hijo localizó la vivienda, vio a la anciana lavando en el río, sacó su afilado machete y despacio se fue acercando a la señora para matarla por la espalda. En cuestión de segundos el cielo brilló intensamente y un rayo lo mató sin causarle daño a doña Felipa. Lo que no supo el malvado es que su madre había quedado sorda y casi ciega, ni cuenta se dio de lo sucedido. Poco después recogió la ropa y se fue a su casita.
Pasó el tiempo y una tarde la anciana agonizaba; vecinos del pueblo la asistían en su lecho de muerte. A las once de la noche se escucharon unos gritos espantosos en la orilla del río, la gente salió de la casita para ver qué pasaba, entonces vieron la figura de Danilo con el machete en la mano, la luz de la luna lo iluminó intensamente: “Perdón mamá, perdón, dame tu perdón para descansar en paz”. Cuentan que la anciana movió la cabeza negativamente, no lo perdonó. Han pasado los años y se dice que el espectro de Danilo le aparece en los caminos a los hijos malos.
Josué y su primo abandonaron la fogata después de aquella terrible narración. El muchacho era incrédulo y mal hijo, en el camino de regreso a su casa dijo: “Son puras papadas del viejo Toño, lo dice para asustarnos. Vea primo, a mí no me asusta nada y nadie me hará cambiar con mi mamá, esa vieja me fastidia”.
No había terminado de hablar cuando por los relámpagos de una tormenta que se aproximaba vieron en medio del camino la siniestra figura de un hombre con un machete en la mano. Los primos huyeron del lugar hasta llegar a la casa heridos por las zarzas y las espinas y con gran calentura. Desde aquella noche Josué se convirtió en un buen hijo, él mismo se encargó de contar lo sucedido: “Danilo anda penando por ser mal hijo. No quiero ser como él
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